La democracia y el resentimiento deberían aparecer como antónimos en el diccionario. Esta es una idea que me ronda por la cabeza desde hace tiempo, pero hasta hoy nunca la había verbalizado. Hace treinta años decidimos que la paz social solo era posible puesto que estamos dispuestos a resolver los conflictos mediante el derecho, y a repartir el poder mediante la política, cuya máxima expresión es la soberanía popular. Esto necesariamente implica que el monopolio de la fuerza legítima recae en el estado, que solo podrá ejercerla por los cauces establecidos. Pero estos, no dejan de ser como las grandes tuberías de una megalópolis: en ocasiones, pueden generarse fugas. El resentimiento, es una de ellas, es un pequeño brote de violencia que se escapa por los poros del sistema, y en el momento que la fuga es demasiado grande existe un riesgo para la salud democrática.
Hoy he tenido la oportunidad de acudir con alto grado de estupefacción a un arrebato absolutamente desproporcionado del Concejal de Hacienda Seguridad y Personal Jesús Torre. Quien más o quien menos, habrá escuchado dialogar del mal carácter del personaje en cuestión, e incluso a escuchar rumores (no se con que grado de veracidad) de el motivo patológica de los mismos. Pero, en fin, no es mi intención en este comentario, emitir juicios de valor sobre las formas habituales del Concejal Torre en su trato con los vecinos que le manifiestan su desacuerdo, o a contribuir a alimentar los rumores sobre su estado de salud. Más bien al contrario, mi intención es dar algunas pinceladas sobre mi concepción de la política municipal, la cual, por su cercanía a los ciudadanos puede tener un gran atractivo, o por el contrario, convertirse en un zulo viciado por la endogamia pueblerina, el neocaciquismo y la soberbia propia de quienes establecen relaciones basadas en las categorías conceptuales amigo/enemigo; prevenda/castigo y intervieneción/aislamiento. No obstante, por fuerza he de referirme a los hechos que me llevan a poner por escrito esta reflexión, y me veo obligado a valorarlos en su justa medida con el fin de sacar algunas conclusiones de interés para la política de Camargo. No podemos olvidar el perfil público del protagonista de los mismos, por tratarse del Secretario General de Acap y a su vez concejal del equipo de gobierno.
El incidente al que hago referencia, tubo lugar mientras la entrevista, que dos vecinos mantuvieron con el Concejal Torre a la que acudí en calidad de representante (en este caso debido a una relación familiar y no profesional), cuya duración fue inferior a tres minutos, debido a que el Concejal Torre sentenció darla por concluyeda por el simple hecho de constatar que no existía acuerdo y sin dar la posibilidad a los vecinos de exhibir los argumentos que motivaban la falta del mismo, recurrió a fórmulas tales como: “¡pues en este momento os voy a pasar una buena receta”!; “¡no tengo porqué escuchar nada!”, con un tono más cercano al de un sargento de la policía franquista que al de un concejal elegido democráticamente para representar a todos los ciudadanos. Mucho más cercano al de un patrón decimonónico que al de una persona que por la naturaleza política de su cargo, tiene la obligación moral de escuchar, que no obedecer, a los ciudadanos que pretenden plantearle sus conflictos, sean estos los que sean, y con independencia de los argumentos que empleen en la defensa de sus posiciones. SEGUIR LEYENDO ….




















































